Pocas cosas pueden ser más dolorosas que dejar de ser querido.
Enterarse del desamor de improviso, de un día para otro.
Porque así se viven los abandonos siempre; como abruptos, inesperados,
inexplicables, aunque los problemas se remonten hace mucho tiempo atrás.
De ahí la incapacidad de asimilar la noticia , la rebeldía ante lo que parece un
veredicto atroz, la incredulidad, la impotencia, la necesidad de hablar sin cesar,
la búsqueda frenética de argumentos, las
recriminaciones, las propias culpas y la
alternancia sin fin entre llanto y rabia.
Siguen después los análisis incansables de cómo y por qué se produjo el abandono,
el encono contra todo aquel pueda ser responsable, la exigencia de que todos tomen partido,
el desgarro de enterarse de que se vio bien o sonriente, confirmar que sobrevive saludable sin uno.
Invitarle, rogarle, humillarle,
sollozarle,
celarle, decirle. Preguntarle a gritos qué sentido
tuvo demorar la vida en encontrarse para después perderse. Intentar un argumento tras otro frente
a unos ojos fríos que ya no responden. Llorar como un niño al que se le pierde la madre.Cualquier
esfuerzo con tal de recuperar a quien se fue y contrarrestar la angustia. Cualquier cosa con tal
de no enfrentar ese aterrador momento donde el ser amado se vuelve ajeno,
irreconocible, impermeable,
extraño y duro a a nuestras peticiones: una pared infranqueable todo intento de
reconciliación...
Hay cosas que no son mias...